Un café con vistas.

Un café a la orilla de la ventana, con la lluvia al otro lado del mundo. Remuevo el mar en una taza en sentido de las horas del reloj, y me concentro, pese al bullicio de la cafetería, en la lectura improvisada de todos cuantos me acompañan sin saberlo en las mesas vecinas. Juego entre las voces que se mezclan y me ignoran, me reparto las miradas que van de la mesa al techo, o con suerte, a quien les hable en ese preciso momento. Me cuelo entre los gestos, escudriño batallas en los dedos malogrados que conocieron tactos mejores e imagino historias detrás de cada uno de ellos. Un pasatiempo infantil que me ayuda a esperar a que la lluvia abra un paréntesis mientras busco como apuntarme en la frente que me compre un paraguas ante mi cobardía de robar uno.

Todo apunta a que el juego termina, las mismas caras, los mismos clichés que inventarse uno tras otro, y la lluvia que me saca la lengua por la ventana. Un reflejo, al principio solo fuiste eso, un reflejo. Literal, crudo, sincero, un reflejo, que no es un espejismo. La misma ventana que me daba la lluvia te señalaba al borde de un mesa, con los codos apoyados dejando hundir la mejilla sobre la mano, deshaciendo el azúcar y el tiempo con la cucharilla del café, removiendo el poso en un fragmento eterno, donde al final, mirarte es lo de menos.

E imagino, que no es tu mano la que aparta el pelo, y recreo una historia para mí con todos tus gestos. Se me caen entre las arrugas de los dedos todas las hebras que dan forma a la oscura silueta que baila cuando cuelga por tu espalda, una melena que no puedo coger y se enreda, y se pierde y se escapa, no sé si es pelo o arena, o arena o espuma.  Te acercas la taza y sorbes, entonces creo morderte por dentro, no hay beso, solo envidia por querer llevarme tu labio entre los dientes. Detenme, sé que puedes hacerlo. Resbala una gota por la barbilla que es un dedo que dibuja o escribe, que señala una línea de puntos suspensivos que llevarse a la boca, uno a uno.

Te tapo la boca, muerdes desde la yema hasta dentro, o acaso te limpias con una servilleta. No en mi mundo, no en este relato que me invento donde cruzas las piernas y mi mano juega querer saber que esconde dentro. Deshojas un botón de la camisa, y sueño con verlo rodar por el suelo, me dejo la piel del hocico respirándote de cerca contra el pecho. Abro y cierro la boca, pez fuera del agua, y me llevo cuantas pecas encuentro, mientras me abrazo a tu espalda, sobre la camisa, encontrando y deshaciéndome las manos.

Apuras el café levantando la barbilla y trepo dejándome el labio arrastrado por la piel que reviste tu cuello, hasta encontrar el otro lado de tu mejilla y hundirme en palabras ininteligibles al oído, como si fueran palabras un leve mordisco. Te escucho respirar con acentos, exabruptos sensuales que me derraman la sangre sobre las piernas y quema.

Mi boca se agranda y no mido lo que arrastra, como si quisiera, mis dedos se tercian cerdas de pincel cada vez más largos, y ya no veo, solo oigo el trotar de un respirar entrecortado que me empuja la venas y me ahorca con ellas a tu lado. Te atravieso y no sé donde queda la piel que estoy tocando, si es pelo o me derramas todos tus dedos sobre la cara. Ya no siento la razón, solo me dejo caer sobre la ropa que quizás ya te he quitado.

La lluvia me devuelve a la mesa del café. Un parpadeo, un sonoro roce del camarero dejando la cuenta y para cuando te vuelvo a ver, ya tienes toda la ropa puesta y el pelo intacto, hermoso, único e intacto. Me levanto y me llevo conmigo la fantasía bajo el brazo, por ser educado en el lenguaje, y tras dejar propina me despido con un gesto invisible y amable, besando la mano o tal vez, quien sabe, algo más atrevido que deje en evidencia el rencor que me supone salir sin haberte quitado ni un botón de encima.

Salgo y llueve, pero la lluvia ya es lo de menos.

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Dentro del probador ( I )

Una mujer de pelo negro escribió:

Debería decirte que he salido esta tarde a pasear. Decirte eso o no decirte nada. Pero la verdad es que he salido a no pensar en nada.

A no pensar en el trabajo, a no pensar en las mil cosas que debería haber hecho, a no pensar en ti. Tenia tantas cosas en las que no pensar que solo me ha quedado la alternativa de ir mirando al suelo y contar los pasos.

Y así he acabado en una tienda, haciendo cola para entrar en el probador con un vestido que he pensado que podría gustarte. La enésima traición del subconsciente, no vas a ver nunca el maldito vestido. Desde luego, no en mi. Que pueda gustarte en el cuerpo de otra es otro pensamiento a descartar.

Y tratando de no pensar en nada, me he dedicado a observar a la gente. Detrás mío, una pareja. Una de esas parejas felices de compras, lo que significa que el caballero galante acompaña a la dama y finge que se divierte para complacerla. Una de esas parejas odiosas en las que si te fijas puedes ver la correa invisible que lleva el amante novio y que la feliz novia sujeta sin piedad. Siempre he odiado a esas mujeres, claro que sospecho que desde la envidia menos sana que se pueda sentir. Curioso que se pueda envidiar algo que desprecias.

Una espera eterna la mía. A punto de tirar la percha y huir de tantos besos sonoros y risas. Y por fin, la luz. Dos cortinas que se abren consecutivas, dos probadores libres. Por fin.

He entrado y cerrado la cortina, enfadada no se con quien. Me he mirado en el espejo y estaba guapa. ¿Para que? O mejor ¿quien? ¿De que vale tener un día bueno si nadie te mira? Mientras odiaba por dentro y empezaba a quitarme la ropa, le he visto

El caballero galante, el novio perfecto. Ahí estaba mirando por la rendija de la cortina mal cerrada. Podría  haberme girado y decirle algo. O cerrar la cortina.

Sabia que el no había captado mis ojos en el espejo. No era mi cara lo que miraba. Y entonces he pensado en ti. En ella contigo, ella que en mi mente tanto se parece a mi vecina de probador. He pensado  -¿quieres mirarme? Pues hazlo-.

Me he desnudado para el, me he probado el vestido como si no fuera consciente de esos ojos que tenia clavados. Cinco minutos, los que se tardan en quitarse la ropa en un probador y vestirse de nuevo. Cinco minutos de actuación para un desconocido en los que he perdido los nervios, el control y el sentido común. Le he visto acercarse a esa rendija y abrirla solo un centímetro mas con cuidado,  fingiendo que no era intencionado.  Y le he mirado. He visto el miedo un momento en sus ojos. Y antes de que huyera, he desandado el camino. Me he quitado el vestido que no vas a ver y no he dejado de mirarle mientras me ponía mi ropa. Tan despacio que si la feliz novia no hubiera llevado media tienda entre los brazos, habría perdido a mí publico antes de tiempo.

Un baile extraño, mis ojos en los suyos y los suyos en mi cuerpo. Y ¿sabes? miraban y quemaban igual que los tuyos. Quemaban tanto que he disfrutado cada segundo. Se puede tocar con los ojos, eso ya lo sabía.

Debería decirte que me avergüenzo, pero te diré la verdad. Te diré que he salido del probador, que nos hemos mirado esta vez si, los dos, una única vez. Que me he ido dejando allí el vestido que nunca vas a ver. Creo que después de todo, no era ropa lo que buscaba.

Debería avergonzarme porque solo he pensado en que podíais, si tenéis ganas, besar a la novia. Los dos.

Ryf

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Dentro del probador ( II )

La mirilla por el hueco de la cerradura, esa invitación a robar guiñando un ojo, cerrando el que me señala o tira la piedra y abriendo la mano. No me reconocía, no era yo, o era más yo que nunca y me niego a saberlo, que el tipo del espejo no perdona o sabiéndose traidor, me sonríe mientras ladea la cabeza.

Un tarde de Sábado desnudando maniquíes de tienda en tienda, mi novia compraba ropa como si el armario fuera un espacio paralelo de este universo. Ella compra ropa, y yo solo pienso en como quitársela, en qué huecos me deja para los dedos cuando nadie mira, o haciendo alarde de pornografía de guardería y malas formas, sin importarnos quien nos mire. Compraba ropa que a mi solo me importaba ver en el suelo.

Todas las tiendas me parecían iguales si no fuera por el detalle que las dependientas cambiaban de uniforme, me sentía caminando haciendo las compras sobre una cinta de Moebius para el pelo. La rutina es la misma, ver, probar, caja y salir. Y entre tanto me divierto saboteando la intención última de las prendas, aferrándome a ella por donde quiera que asome la piel. Conversaciones banales para alcanzar la boca, derrochar escándalo público y muestras obscenas de afecto. Un pasatiempo.

Hasta que, esa frase que presenta el momento de inflexión, hasta que tropiezo con ella, un pelo negro impaciente con prisas por salir de allí, de ese pasillo de probadores abarrotado. Poco más que una causalidad, dos cambiadores libres, contiguos y frágiles. Mi novia, con un equipaje encima se mete en uno de ellos mientras corre la cortina, y el pelo impaciente en el que queda libre. Pero. Una cortina mal corrida. Una línea en el suelo. Una puerta entornada. Un abismo que arrastra la mirada, marea profunda donde ahogarse y no hacer nada, nada más que quedarse quieto.

Todas las palabras, una a una, se apartaban de mi cabeza. Un te quiero, un beso en la ventana, un emotivo apodo. Todo huía en el espacio en blanco que me hipnotizaba tras esa cortina mal cerrada. No hay ética, sólo unos ojos que traicionaban diciendo la verdad, firmaban cada palmo que se escapa de esa espalda desnuda, por aquella rendija entornada. Miraba como un niño, apartando incluso la cortina con descarado disimulo, firmando que la carne me encoje las venas y habla más claro cuanto más abría los ojos, que se me secaban por todas las pecas que contaba.

Y vuelvo. Caigo y regreso de donde estaba, solo que esta vez no estoy en el mismo sitio, desplazado o consciente. Las líneas no se cruzan o se dejan de cruzar: se borran y no se encuentran. Allí estaba yo, esperando a que mi novia se probara un desfile de moda, con los ojos culpables o bendecidos. La sangre me golpea en la cabeza  y despierto de un letargo minúsculo, no era yo, me digo, no era yo, fue otro que se parece a mí y me saluda desde el otro lado de ese ojo de cerradura.

Sale con su pelo negro arrastrado bajo la nuca que hace nada he visto desnuda, me mira un segundo, ese momento que juro haber oído un “te he visto”, pero solo lo sueño. Aparto la vista, ahora sí, ahora sí soy capaz, y me veo al otro lado de mi mismo, sabiendo que no soy quien digo ser. Poco dura el pensamiento, mi novia me pide otra talla de una prenda de color imposible de recordar. Me acerco a la dependienta mirando la puerta de salida, sabiendo que ahora esa espalda la veré en todas partes y en ninguna.

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El regazo entre los dedos.

Tomando prestado este espacio, una mujer dijo…

“Me he despertado oliendo tu colonia. No es añoranza, es que soy tramposa y la compré ayer. Me he despertado y no he abierto los ojos solo para verte a mi lado.

Imagino que me sonríes, esa sonrisa a medias que me daba ganas de borrarla fuera como fuera. Imagino que sin hablar, pones el índice en mis labios para que calle yo también. Conozco ese gesto y sé que voy a hacer. Voy a dibujar mi boca con los dedos, una y otra vez, hasta obligarme a separar los labios aun sin querer, sin estar tú para verlo. Sé que voy a jugar ese juego en el que ganabas tú siempre…pero también yo.

Imagino que me haces mirarte a los ojos mientras mis (tus) dedos empiezan a andar por mi cuerpo sin prisa. No importa que sean los míos, conozco tus pasos. Sé donde irán y sé lo despacio que recorrerán ese camino. Y yo también puedo jugar a tu juego. Me enseñaste muy bien a hacerlo. Aprendí a esperar y a sentir cada caricia. A agotar cada centímetro de piel antes de pedirte mas. Jamás diste un paso adelante sin que te lo pidiera, da igual como. Podías esperar para siempre hasta obligarme. Esa era tu victoria. Y la disfrutaste muchas veces.

Si cierro aun más los ojos puedo ver tu expresión al mirarme. No solo tú disfrutabas viéndome. Yo también tengo grabada tu mirada mientras tu mano se deslizaba entre mis piernas. Tu mirada al sentir tus dedos, los míos ahora, mojarse al tocarme. No me cuesta nada recordarte gemir. Me cuesta tan poco que te acompaño. Lo hago contigo. No me importa quien pueda oírme si no puedes hacerlo tú. Siempre te molestó un poco mi silencio. Siempre buscabas más. Hacerme hablar. Ahora que no estás, lo hago por ti. Oír mi propia voz para callar el silencio que has dejado. Y ya no puedo jugar más. Solo quedar recordarte hasta romperme entre las sábanas.

Sé que habrías sonreído al final… pero ya no puedo verlo. Mi cuerpo recuerda cosas que mi cabeza se niega a repetir. He vuelto a censurarte hasta la próxima mañana, hasta esta noche. Cuando las sabanas me recuerden tanto a ti que nada pueda parar mis manos.

Si reconoces un gesto, una caricia, una sonrisa, lo que sea… como tuyo… es porque lo es.

Perdóname por escribirte. “

 

Ryf

 

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El dormitorio en la cocina.

La ropa te desnuda por momentos, por fragmentos que generosos derraman piel antes de perderse de nuevo bajo la manga, el escota o la falda. La falda que cae en cascada y vierte dos piernas sobre el suelo rodeadas de medias, segunda piel que tiñe de ganas mis dedos. Te presentas para un cena informal sin salir de casa con esas prendas, un bastón y pierdo de vista el las paredes, como si en este piso cupiera el mundo y no le dejáramos pasar por la puerta. Supongo que a eso le llaman intimidad.

Te sientas fingiendo no saber que la cocina no es un arte en mis manos, y yo te miro de lejos, en la otra parte del globo que es este lado de la mesa. La comida está servida y parece no importarnos, más preocupado de que las pecas de tu espalda quiero verlas y contarlas. Me acerco a servirte vino, por la espalda, como un camarero discreto que vuelca su mirada hasta donde deje el escote, solo que esta vez se van los ojos y la boca. Te huelo el pelo a modo de presentación de un pulso que se libra, poco a poco, de sus ataduras. La copa se desborda, pero ya nadie sabe que es el vino cuando te muerdo el cuello con una mano que se deshace por tu pecho y derrama cinco dedos bajo el estampado de tu camisa.

Te susurro dientes en el oído, aliento de un gemido que habla por mi, que habla contigo. Y la copa, ya nadie se acuerda de la copa. Me dejo la mano contra tu cuello, reptando dedo a dedo por la barbilla, muerde y estrangula las falanges que te rozan la boca. Te empujo contra mi, con la silla a rastras, te sujetas al mantel y alguien oye como se rompe, a lo lejos, un cristal o porcelana. Te empujo, te sujetas y se rompen las paredes si que nos demos cuenta. Muerdes la yema de un dedo que me contagia la sangre excitada al resto del cuerpo, y yo busco a ciegas tu falda, aun sentada.

No aparto el pelo, que se lo lleve mi boca por delante cuando quiera y no pueda morderte el cuello, un beso con dientes tímidos, una caricia al borde de hacer daño, o precisamente por eso. No puedes levantarte, pero te empujas hasta el borde de la silla, arrastrando mi mano anclada a tus medias, donde se confunde la piel de la tela, donde pervierten los sentidos, si es que acaso quedaban inocentes.

Me hablas con ese gesto pero no te oigo y sigo jugando con tu falda, a recorrer sus costuras, a memorizar palmo a palmo tu cintura. Hundo mi mano sobre la ropa que luces entre las piernas hasta tocar hueso o intentarlo. Quiero que abras la boca y escupas un gemido que me sepa tan sucio que las manos se manchen de ceniza. No lo haces, te resistes, y vuelvo. Aprieto, insisto, te miro, y no hablas, aprieto, insisto, te miro y te escapas, giras la cabeza y cierras los dientes que no la boca. Una vez más y por fin lo consigo, solo que esta vez no suelto, quiero oírlo una vez más.

Te llevas las manos y te apartas la falda como si quisieras romperla, y deslizo mi mano como un sobre entre la piel y las bragas negras. Noto el vello cruzando la palma de mi mano y retrocedo, me gusta. Más abajo me vibra tu carne sobre los dedos, y es entonces cuando cierras las piernas y me haces explotar la mano que resbala entra paredes que ahora son tu cuerpo. Me introduzco bajo la piel, bajo la ropa, bajo un manto de barniz que me abriga los dedos, tan pegados a ti que rozan las pulsaciones de tu pecho. Siento las venas abrazando mis dedos, y los muevo, y te mueves. Te revuelves y serpenteas sobre la silla, haciendo que me roces con solo quedarme quieto.

Saco los dedos y dibujo con tiza un camino que te parte por la mitad hasta llegar tu boca. Me coges la mano con delicadeza y me lames los dedos, con paciencia te los llevas a la boca y pintas con labios y saliva desde los nudillos hasta las uñas. Te lo tomas con calma y paras el tiempo, tanto que ni me encuentro el pulso, que solo vuelve cuando mi mano deja de estar entre tus dedos.

Me coges de la mano y me colocas frente a ti, solo para que me pueda apoyar contra la mesa, que al ver como dejas atrás la silla al ponerte de rodillas me agarro al borde mantel que aun queda en pie y aprieto con fuerza. Siento el cinturón parte de mi, un cosquilleo que revienta de sangre cuando deshaces el nudo de la hebilla. Bajas la cremallera y me cuesta respirar.

Te intuyo a ojos cerrados, tus dedos sobre mi carne, que eso ya no es piel, eso es carne, carne que pide carne, que muerde y grita erecta abrigada venas que en mi cabeza explotan. Acaricias, me devuelve la locura que antes era tuya, empuñas y sueltas, muerdes y besas, y ya no recuerdo cuando tenía cerrada la boca o si me has oído gemir. Agitas mi respiración cada vez más fuerte, cada vez más rápido hasta que siento como me arde todo dentro de tu boca. Pero te detengo, no es aquí donde quiero terminar salpicándote.

Te abrazo hasta lengua y te doy la vuelta, hasta hacerte sentar en la mesa, no sin antes retirar el mantel y escuchar el eco en el suelo de lo que ya no importa. Te dejas caer y con mis manos a tu costado hacemos que la mesa tiemble, golpe a golpe, mientras me muevo por mero instinto. Te miro, esa belleza efímera que proporciona la sangre, y huyes, girando la cabeza con la esperanza de que el pelo te tape la cara. Te pido que me mires, aunque eso no es pedir, eso es hablar entrecortado por los músculos que entran y salen de cada uno de nosotros. Lo vuelvo a pedir, o lo que dios quiera que fuera aquello, con el cuerpo fuera de mi. Y me devuelves la mirada, en ese momento preciso en que caigo sobre ti, sin aliento.

Te recojo las manos y te empujo junto a mi al sentarme en la silla, y tu conmigo, encima. Bajo mi mano sin más preludio que un beso en la nuca, y entro con dos dedos sin pedir permiso. Los muevo acelerando el gesto, cada vez más cerca, un poco más, aun no, aun no es el momento, hasta que esa silla se rompa en pedazos de la tensión. Y llego, te toco tan adentro que llego, tan de cerca que ya te has ido. Te abrazo, esbozo una sonrisa que supongo inmortal y te susurró al oído: la próxima vez cocinas tú.

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Juego de manos

Se me pierde la memoria contando las arrugas y pliegues de una sábana que cubre el mundo a dos palmos del suelo. Y dentro, ahogado asomando la cabeza está tu hombro, con la espalda haciendo las veces de orilla por donde cae el lienzo que no tiene donde agarrarse. Descubro con un solo dedo el resto de cuerpo, hasta la cintura, y vuelvo arrastrando la mano muerta, dejando que se imagine pintar cada yema de un color. Me entrego al vicio de acariciar tus huesos sobre la piel, hasta que la mano cobra conciencia y escribe por si misma con trazo de caligrafía ininteligible y eterna.

Cuento cada hueso con los ojos cerrados, los contorneo y grabo su silueta en mi cabeza, de tanto que rozo con los dedos, hasta sabérmelos de memoria. Y jugar a olvidar, a no saber que por aquí ya había pasado antes, disimular, pretender que no lo hago por placer, más que por olvido. Despliego las manos a modo de tocar un instrumento o de dibujar en la arena, espirales que se cruzan con garabatos, todo se pierde, se borra, se escapa y vuelvo a empezar.

Cuento desde uno, desde un dedo que cruza el desierto o la orilla al otro lado del mar, que nada, naufraga y socorre. Dos, dos yemas que se derraman, tres que se clavan sin hacer daño, cuatro que ruedan cuello abajo y cinco para desplegar partituras por toda tu espalda.

Y vuelvo a empezar, como si realmente jamás lo hubiera hecho.

No me canso, pero sediento, no me repito, pero hambriento. Y cruzo la línea que contornea tu costado, adentrando la mano por debajo de tu brazo, buscando piel que me queme los dedos. Abrazo mi mano a tus pechos y te acerco conmigo o contra mí, para llevarme la nuca a la boca. Muerdo, no solo con los dedos, muerdo, me llevo saliva sobre tu piel, bajo tu pelo. Muerdo lo que hueles, manzana, tabaco, perfume y se llena mi boca.

Mi mano libre, la que se muere de celos, se hunde bajo tu pelo y le roba su papel a la almohada, todo para que tengas algo que morder que no sean tus labios. Muérdeme, te sugiero a la boca del oído, pero antes de acabar ya habías empezado. Me recorre un temblor desde la punta de los dedos hasta las cuatro patas de la cama, haces temblar todas las baldosas y solo estás jugando a arrancarme el aire con los dientes. Muerdes y como por empatía, empujo mi mano contra tu pecho, que yo también quiero, yo también puedo devolverte cada bocado.

Resbalo todos los dedos por tu ombligo, apretando, rozando hasta hundirme y juntas las piernas con fuerza, como si te mirara desnuda en la punta de cada yema. No te veo. Peor. Te toco. Y te cierras, yo remuevo mi palma abierta sobre tu pierna, no busco ni espero, me regocijo. Y como ya hiciera con tu espalda, recorro dedo a dedo, palmo a palmo, de la rodilla a la cintura. Se te cae la boca abierta y dejas caer mi mano en tu mejilla, entiendo que las rodillas ya no se juntan y no sin malicia se me derriten los dedos desde tu ombligo hasta tu cintura, poco a poco, para que el juego de oírte pedirlo tenga sentido.

Entro sin llamar, pero si al oír mi nombre, noto tu calor, no el de tu piel, digo tu calor, el que guardas bajo la sangre que parece que me bombea directamente sobre los dedos. Los muevo, ejecuto según te miro con la boca abierta, al borde pedirme más pero sin consonantes. No hablas, te cuesta, pero lo intento. No te ordeno, no te sugiero, no digo tu nombre, pero lo intento, y ya sabes como lo intento. Encojo mis dedos despacio, dilo, casi me detengo, dilo, por poco me paro… dilo. Y lo dices. Me pides que siga, y jamás un verbo fue tan bien pronunciado. Sigo y no me detengo, ya tengo lo que quiero, pero quiero más. Más deprisa, más adentro, más contra almohada de mi brazo, te mueves al borde de no sé bien que, hasta que al final te hago perder el equilibrio, y caes sobre la cama.

Arrastro mi mano a tu cintura y te abrazo para sentirte respirar. Porque cuando recuperes el aliento, querré saberlo.

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Con las sábanas pegadas.

Me gusta pensar que el universo se despeña al borde esta cama, que las sábanas nievan, dejando al descubierto un lienzo terso de piel que recorre tu espalda. Juego a esbozar con el dedo laberintos y siluetas, llevándome por delante todos los huesos que se esconden. Comienzo por tu nuca y me desvivo en cada curva, que vuelven sobre sus pasos alternando el número de dedos que te toca. Ahora el índice, luego el corazón, después todos. Tantas veces como se preciso hasta dejarte los pelos de punta a mano armada, hasta que el hambre de mi boca no encuentre consuelo en la raíz de tu pelo.

Porque no te beso, te muerdo sin usar los dientes, te mastico con las manos entre tus pechos que te arrancan la lengua fuera de la boca, exprimiendo el aire que ahogas en un suspiro, un gemido o un fragmento de vocales que acaban en hache nunca muda.

Te aprieto contra mi, un abrazo desbocado, hasta poder atravesarte. Muerdo, esta vez sí, arrastrando los dientes; me dejo llevar por una boca que ya no es mía, está vendida a tu piel. Te mueves y me arrastras, rozas y  arañas sin dejar rastro alguno, solo me devuelves calor hasta las cenizas. Y no te suelto, mantengo mi mano aferrada a tus pechos, que se me clavan en la palma y se me hunden en los dedos, como si la piel no fuera piel, más que arena que resbala entre las grietas que le quedan al puño que se deshace y se derrama por tu cuerpo. Deshago las sábanas que te cubren a medida que mi brazo alcanaza tu ombligo y no se detiene. Pones una pierna sobre la otra, como si te diera vergüenza que mirara, pese a estar a tu espalda. Pero no miro salvo con la punta de la yema de la historia que termina en mi cuerpo, y vuelve a empezar. Toco, como si fuera delito, como si el placer no tuviera ojos. Toco, y me rozo las arterias dentro de ti, te noto respirar por el corazón a cada pulso que cruzan mis dedos. Aprieto el gatillo, con un gesto suave, y me disparo. Te sacudes chocando contra mi o a mi favor, pero no ceso en mi empeño de volver a oirte, y vuelvo a meter los dedos hasta donde el alma me deje, sin quemarse.

Y quema, pero no duele, y cala, pero no moja, y me revuelvo cada vez más rápido, solo para saber hasta donde aguantará tu cuello, estirado hasta dejarte sin piel en la barbilla. No paro hasta que hables, solo con vocales, y para cuando lo haces descubro que quiero más. Ya no sé donde tengo la mano, solo que no la quiero recuperar hasta romperte las venas que abrazan y estrangulan los dedos, la mecha que incendia el resto de mi, pero eres tú quien explota.

Y te confundes con la sábana; sin aire, desordenada y de forma casual sobre la cama.

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