Sólo cuando me río.

Me habían contando cientos de historias sobre ellos; me conocía su infancia, el barrio y las expulsiones, la miseria de ser felices con la muerte en los talones. Me sabía las huidas en carretera, me conocía la cárcel, el cianuro y sus ganas de vivir. Los nombres que dejaron, el día que supieron que jamás iban a volver.

Sin embargo, núnca le pregunté a mis padres cómo se conocieron. Así que un día, en la más común de las conversaciones, se lo pregunté a mi padre como quien entra sin llamar.

Me dijo, siempre sonriendo, que por entonces tenían un amigo común. Un tipo con ojo y buena puntería que debió pensar que entre un brigadista sin pasaporte y una mujer sin miedo podría haber algo. Y así, mientras el escenario se caía, mis padres se enamoraron. No conozco lugar mejor para hacerlo.

Ese tipo, ese genio de las matemáticas o simplemente con suerte, es quien presentó a mis padres. Supongo que le debo la vida. Pero de repente mi padre cambió de expresión, dejó de sonreír o eso adiviné bajo el mostacho, sin mirarme. Y antes de hacerse el silencio terminó diciendo: “Luego desapareció”.

Nunca más volvimos a hablar del tema.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s