Instantes

Tenía un vestido negro sin fisuras ni detalles, como su coleta que dejaba saber que la nuca no tenía fin. Estaba allí, con esa postura inmóvil, como si jamás se hubiese movido del sitio, como si el cuadro de Hopper que miraba ensimismada lo hubieran pintado allí mismo. Como si hubiera entrado tras el marco, la madriguera del conejo, llamando a la ventana de una casa que sobrevive al tercer asalto de la soledad.

Era eterna en un instante, con una silueta que atravesaba la pared, que pasar por delante fuera un delito o morir en el intento. Me quedé mirando el cuadro antes del cuadro,  y entonces le robé una foto, solo una, no fui capaz de hacer más ni decir menos. Para cuando quise recordarla ya se había ido, solo que una parte de mi piensa que sigue allí, que nunca se ha movido.

Que Hopper es Hopper y quien le mira.

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