A la memoria de los años

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La primera vez que entré a verle me puse una tela que parecía hecha de espuma, fina e inmaculada, sobre los zapatos.  Me disfrazaban.

Se encontraba en una camilla, sujeto a su vida, respirando como si el agua nos hubiera alcanzado a todos. Le costaba respirar y el aire se le hacía en la boca agua de mar. Cansado, estaba tan cansado que quise llevármelo de allí, cargarlo a mis hombros y arrancar el paso y los cables con furia. Abrir la puerta con el pecho y romper las paredes a llorar, deshacer el pasillo del hospital hasta los cimientos, quemar la escalera, los puentes, hundir las farolas bajo los adoquines y que los coches se volcaran a nuestro paso hasta llegar al mar. Y seguir caminando, con tu nombre en mi espalda, hasta dejar atrás la tierra que, de tan pequeña, ya no significara nada.

Pero no pude ni moverme.

Y sin darme cuenta había terminado el horario de visitas y la infancia.

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