Descartes.

Hay una película en donde podemos ver como nuestro héroe vuelve a su casa con el número, mal tatuado en el brazo, de una mujer que acaba de conocer. Sin quitarse el aliento de encima, se sienta, sin dudarlo, junto al teléfono.

La ha conocido de casualidad, de esas que chocarían de frente en la realidad, pero la ficción perdona y no hay heridos. Un encuentro fortuito de giro de guion y dados cargados que canta a favor de una atracción casi instantánea entre los dos, como si, de hecho, ya se conocieran y les costara recordar el nombre del otro antes siquiera de haberse presentado.

Y de la casualidad pasamos a lo deliberado; ella le remanga el brazo y escribe su número de teléfono bajo la promesa de una llamada, deshojando nomeolvides mientras se despide. Él, de regreso a casa, no deja de sonreír pensando en los pocos recuerdos que tiene, como si fuera posible tener más, aun inventados. Apenas entra y se rinde a un sofá que termina con un teléfono, una lámpara y  una hoja llena de garabatos donde, puede,  haya tachado todos los nombres.

Se lo piensa, nervioso y absurdo, toma aire y finalmente descuelga.

Llama a su ex novia.

El héroe no es tal, es un talón de Aquiles en la frente que sangra por no llorar.

Esa escena fue eliminada.

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