Polaroid

Repasaba un álbum de fotos, con canas en los dedos doblando las esquinas, y se detuvo un instante con la mirada fija en una fingida polaroid que firmaba en el borde blanco la coartada con fecha y hora.

“Esto era cuando creíamos que todo era eterno”, fue todo lo que dijo.

Hablaban de años pasados al otro lado de la orilla, de tanto que ha llovido. Salíamos todos, en ese borroso desenfoque de un carrete de saldo a todo color, con un velo blanquecino como el altar de las vírgenes o el recuerdo inmaculado.

Y casi recitando de memoria aquel “ya somos el olvido que seremos” se aferraba aquella imagen a desaparecer entre nosotros. Yo, con algún jersey marchitado a lomos de la rodilla de mi padre, que siempre sonreía aunque nadie le viera, abrazado a mi hermano que rescataba de sus gafas una mirada sincera.

Eso era la eternidad, según mi madre.

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