La marea se lleva por dentro.

Me dejé el acento en la cuna, junto con las marcas de nacimiento y exilio que requisa la frontera. La que se marca en lo alto de la puerta midiendo como has crecido, como pasa el tiempo sin ser quien debías ser, en cualquier sitio al que llamar hogar. Mi patria, mis cuatro paredes y un cuadro. Mi mar y un barco de papel donde escribir o dibujar que el agua con sal no entra, sale, por lo ojos. Y no me hundo, no naufrago.

Porque no pude llorar.

En los funerales en vida no pude llorar. No eran el muerto que llevaban, era el que se quedaba. Y no lloraba. Una vitrina me salvaba de morir ahogado por las llamas que se comían el cuerpo de mi hermano, pero no pude llorar. No era cobarde, no era mentira, no era nada. Llorar como acto de fe contra la cuerda floja, maldiciendo a cada paso que el equilibrio no te deje caer. Pero no lloraba, me quedé inmóvil, estático, de sal, huesos y carne con los pelos de nunca. Me quedaba viendo como el resto se caía en pedazos, éxodos de lo que fueron, se abrigaban en el suelo con el resto que de ellos quedaba. Y yo, yo no lloraba.

No podía, con la culpabilidad encima, pendiente de un hilo de Damocles o de Ariadna, o laberinto o espada.  Era como no tener nada que decir, pero en su lugar no tener nada que llorar. Triste como ninguno, con el corazón ahorcado en la garganta y las venas descarrilando bajo las muñecas. Pero no podía llorar. Como si bastante fuera ser espectador de un adiós que te arranca la piel del pecho y no quedan huesos en pie más que una mirada seca y firme.

Se abrazaron a mí, sin esperar que hiciera los coros, personas a quienes debo la vida.  Y no supe contestar. Sigo sin saber hacerlo.

“El luto se lleva por dentro todo lo que encuentra”.

Quizás por eso por fuera seguía apuntalado y sin decir nada. Que por dentro ya era hueco, y de no haber, no había aliento que levantara una sola lágrima, un pulso contra el eco que rebotaba entre pecho, espalda y tambor de hojalata.

Y ahora que el tiempo, como la marea, te trae de vuelta, ya no hay muertos por los que llorar, ni ahogados a los que rendir cuentas. Soy yo quien se queda, y el resto de vosotros conmigo.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s