Piedra, papel y dijera

Tengo la impresión de que mis páginas escritas vuelven al blanco que las vio nacer. Como si la tinta fuera devorada por un papel traicionado, donde todo lo dicho fueran piedras que lanzamos antes de esconder la mano.

Escribe la piedra y esconde la pluma. Piedra papel y dijera.

A los versos que no se pronuncian les pusieron nombre de página en blanco. No se lee, pero se escribe, ni se mira, ni se toca, ni se pasa de un lado a otro con el índice recién mojado en el tintero de la boca. Y por no haber, no hay silencio como el ruido de las hojas secas cuando caminas por encima y hablan crepitando, quemando un murmullo que dejas al pasar. Un hoja en blanco no quema, pero arde. Una escrita no olvida, pero mata.

O muerde, como ladran los perros que nos escuchan cabalgar o escribir. Arranca las hojas, arráncalas todas, que siempre quedará una huella diciendo que quisiste callarte. Tacha, tacha todo lo que quieras,  que los tachones también se leen.

Y yo, que quería decir en blanco que el papel no me rinde, sólo leo detrás de cada muralla garabateada un nombre que no es el mío, o que no me atrevo a leer.

No such sender, no such soul.

Y me devuelven lo escrito, como si fuera para mi.

Como si alguna vez lo hubiera sido.

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