Conversaciones al borde del papel.

Te tiemblan las manos, le señalé.

Se me pasará enseguida, me dijo, debe ser esta sed de hambre que me deja la garganta a media asta. Un luto, un silencio, un minuto de aquí al décimo piso sin nada que decir. Caben siete letras en la recámara, nueve horizontal, nombre de arma que se usa para disparar antes de preguntar y no cabía tu lengua. Quizás es que la boca ya mastica vocales que desdicen un recuerdo que no puedo tragar sin escupir.

Yo pensaba que era por el frío, le dije.

Sí, eso también.

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