Sopa de letras estómago vacío.

Comer para matar el hambre y escribir para matar al poeta.  Si hubiera hambre, si fuese poeta, si supiera como empuñar un arma que hiciera de tripas corazón y demás carnicería de sinónimos que es dejarse caer sobre el papel cuando uno no tropieza.

Pero cae.

Que yo escribo mejor desde el suelo, me dijeron los que besaban la lona de un trago. Pero yo escribo para levantarme, cuando las manos no saben contar hasta diez y el KO es una coma que no sabe continuar sangrando o peor, escupe y no dice nada más que una cola del paro de puntos suspensivos que esperan turno para tirarme de la lengua. Y no suelto prenda, para no desnudarme antes de tiempo o antes de nadie, que el verbo de las pecas no tiene nombre porque nadie sabe pronunciarlo cuando eres tú mismo quien está leyendo.

Yo escribo mejor desde tierra, me dijeron todos los granos de arena, cuando la marea baja y no pasa página. Dejarse la piel en el perchero y las llaves entre el acierto y la penumbra, para no saber si te has dejado encerrado en casa todas y cada una de las salidas. La de incendios es la cama que no prende, a cuatro patas que cojean a la vez, a coro, a vida o muerte. Un lugar donde escribir recogiendo sopa de letras de entre las arrugas que me dicen que no hay nadie en cama. Un “honey, I’m home” pero sin permiso de residencia.

Me dejo llevar si saben que no tengo migas de pan que me devuelvan luces de neón anunciado que la última salida ya la hemos cruzado y estaba cerrada por dentro. Llamar a la puerta, a cualquiera, inventarse un nombre en un usted y que te respondan que ya no vive aquí, fuera quien fuera, que dentro no hay nadie. Lo más parecido a la soledad era saber que nadie responde si eres tú quien llama a tu propio portal. O escribir y que solo seas tú quien te lea. Y las páginas no se pasan solas, como subir escaleras rodando con la maleta a cuestas y perder en la estación de otoño y fin del mundo todas y cada una de las hojas. Sin firmar en la mejilla, sin besar en las esquinas. Sin saber ni siquiera a quien me dirigía.

Por eso escribo, para saber dónde me he quedado.

Y pasar página.

De una puta vez.

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