Todo lo que deja manchas escribe.

Han abierto un contenedor debajo de la ventana donde quemar libros que no has leído, esas cartas que no se atrevían con el sello, y ese, curiosamente, era su ídem.  Pero por quemar, ya se queman los verbos que no encuentran cama que llevarse a la boca, y escribo a ciegas que es no saber a quién escribo.

Se me llenan los bolsillos de sombras que sin blanca apuestan, y piden limosna los agujeros del pantalón, que ya se han gastado todos los piropos que me has dado y buscan alguno más. Que el ego me pisa los talones con espuelas, que los caballos pierden la suela de herradura postiza cuando muerden polvo y era arena. El polvo es eso que se recuerda, la arena es eso que se añora.

No me quedan ganas de estar de pie ni sentado, ni sota ni caballo y del rey que tiene el luto por la reina se mata a pajas sin nota de suicidio en la ventana, que era el borde de la cama. Y no se me saltan las lágrimas ni a punta de pistola, que no es pena, mi señor, que es rabia a base de cianuro y frustración.

Hablo a las paredes como si supieran leer y me salen cuadros sin postdata en el dorso ni despedidas en el cajón de las bragas que no quité.

Que todo se resume en que escribo y nadie se desnuda al leer.

No hay ropa colgada en el respaldo de la silla, no hay tacones en el suelo, por no haber, no hay a quien llamar volcando la voz contra la garganta. Todo ese constante vuelva usted mañana, se ha equivocado de ventanilla y no pise las baldosas amarillas, todo este destierro con agua al cuello del pantalón.  Todo era un cuento que tenía la esperanza por moraleja.

Me salté la parte en la que la gente se desnuda y estoy delante para verlo. Y ahora que presto atención no hay funciones para mayores de 37 años. Sesión de gallinero y paja, un duelo a muerte entre la necesidad y la lujuria de bajo coste y segunda mano, o primera, o la derecha.

Y escribo, como placer y placebo, como sabiendo que todo es mentira si alguna vez, en lo que digo, he acertado cuando me disparo en la cabeza con piedras contra el tejado y goteras de pañuelos de papel. Es el miedo a quedarme hablando sólo pero con la almohada, el mismo que canta “quien me ha robado el mes de aquí” y se toca el calendario de bolsillo en bolsillo.

Cruces contra los días que me alejan de la última vez que no quiero recordarlo, como un lugar de la mancha, en minúsculas y sin limpiar.

En el fondo, como mejor se escribe:

 

Manchando.

 

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