Como sangre en las heridas.

Como sangre en las heridas que no miran hacia atrás, que se hace sal en sus grietas cuando las espuma deja paso a la roca que rompe el mar, y no a llorar. Rompe a beber, se sacude el agua de encima contra la piedra, la cubre de furia blanca que le gotea por la comisura de una piedra que asoma por encima de las olas. No sabe retener el agua que le cae encima, y la piedra pierde entre sus dedos hasta la sal.

Y vuelve, golpea la roca salpicando todos sus dedos con un brazo que no alcanza el cielo. Y al caer se deshace en un susurro contra el suelo, espuma de mar, ira que conoce la paciencia de saber que siempre puede volver. Y vuelve.

Si me dijeran “ven” estas sirenas de ambulancia con sal en la retina les besaba la roca con los dientes, si fuera necesario. 

Pero no dicen nada. El silencio de una boca tan grande es inmenso cuando habla, y no devuelve la mirada ni el nombre. Sólo deja un raya de sal para meterse un tiro entre las heridas. Que el mar no necesita saber que he vuelto, como si supiera que me he ido, como si no llevara dentro de si árboles y cenizas que me pertenecen, en el nombre de padre, del  hijo y de la parca que los parió.

 

 

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