Domingo de pascuas a ramos.

El domingo aprende que nadie habla con la boca cerrada ni las paredes se atreven a escuchar. Se sienta en el bordillo, al final de la escalera y la semana, y tamborilea con los dedos sobre los rodillas, deseando que supiera silbar.

Se le escapan las horas por el bolsillo del pantalón, reloj de arena de playa que vuelve al mar. Y del mar nadie vuelve. Se le pierden, una a una, las horas rodando calle abajo en sentido a las cucharillas del café, que escriben en la mesa media luna de domingo y resurrección.

Domingo que huele a después de la lluvia, a antes de la tormenta, a tabaco en la última estación. Y si cuenta las colillas le salen minutos con sobras y apellidos.

“Nadie se despide a tiempo, como si hubiera espacio suficiente para volver a intentarlo”, dijo levantándose, dispuesto a volcar todas las cruces del calendario. Morir matando, lo llamaba él.

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