Sabe más el diablo por odiado que por diablo.

Me debo estar haciendo viejo si cada vez me enamoro menos, que me sirva un café sin azúcar, sólo con sexo, y se vuelque en la cama en sentido contrario a las horas del reloj. Volver. Volver a pensar que entonces era más fácil creerse inmortal de pecho para dentro, sin espada contra la pared. O a pesar de, incluso.

Pero ya no soy más aquel tipo que regalaba limosnas por cada ojo que me devolvía el cambio sin saber mi nombre.   Aunque lo supieran. Antes era más fácil, los mitos duraban más y se caían de más alto, cuando no había nadie en el bosque para llorarlo. Y ahora el pedestal es la sombra que a ras de suelo se arrastra a su paso. Es más real, es más crudo, es más sincero. Es más difícil de encontrar.

Que antes tropezaba con los muertos bajo la alfombra y pensaba que eran arrugas, y ahora sólo busco el arma homicida y la salida de emergencia. Idolatrías sólo con la ropa puesta en el suelo y de boca para fuera no creerme más de lo necesario, como si pudiera. Yo, que supe respirar bajo el agua cuando me ahogaba sin saber que llorar, que me ponía en pie para que no me vieran leyendo el polvo que pisaban, que vendía razones que para mi no quería. Yo, que tuve un corazón de rienda suelta contra paredes de colchón piedra, me hago viejo y noto que tantos noes me han hecho mella.

Y ya no me enamoro como antes, sólo quiero escribirte bajo la ropa que la verdad dura un instante, un verano y dos puestas de sol. Decirte en la espalda que el invierno era mentira, con la punta de los dedos dibujando constelaciones que me invento. Dioses y deidades, monstruos y mitos que terminan y empiezan bajo la mano, sobre la boca, entre la raíz del pelo y la nuca, donde muere el cabello que se tumba sobre mi cara y no respira, mas que cuando te hago hablar con la boca llena de aire o un gemido.

Que no me enamoro, casi, por completo de nada.

Me queda saber que la cama no está lejos, que una mesa de café es un desierto si no cruzas las piernas o que besar no es sinónimo de nada, quizás de callar.

Antes desnudo que enamorado. Que la verdad se deje ver escribiendo en las arrugas como anillos de un tronco, que lee entre líneas que el tiempo ha pasado, como cucharillas de café en sentido contrario a las agujas del rencor. Que no era yo, dicen los primeros anillos. Que si fui yo, ya aprendí la lección, dicen los demás. Que soy, que más quieres, que no tengo ropa que ponerme cuando me miras y el suelo se parece a un mar de baldosas que tiemblan si me tocas, de lejos, sin tocarme siquiera. Que soy humano y escondo la piedra, que te doy la mano y cada dedo, hasta llegar al hueso, que la piel es tuya.  Dicen los últimos anillos.

Pero no.

Digo yo.

Que me hago viejo, y mis sueños también.

A mi dadme amor eterno hasta que el timbre de la puerta nos separe.

 

Todo lo demás me viene grande.

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