Érase quince veces.

Yo tenía quince años y el mar no.

Tenía un balcón por donde cruzaban una bandada de gorriones chillando feroces, dejando hueca la estrecha calle y volvían, veloces, a dejarse oír. Rompían el silencio en un rabiosa pincelada que atravesaba la ventana y hacía temblar el pulso, que gritaban júbilo en cada pico y te hacían sentir, si acaso, un poco más vivo.

Y volvían, jugando con la marea, que formaban un puño que dejaba la mano abierta al rozar las paredes de la calle por donde tronaban en un abrir y cerrar de ventanas. No había quien las tocara, solo mirar y sentías el vértigo de volar tan a ras del cielo.

Era un balcón que daba a un muro de piedra, y sin embargo, volaba cuando cruzaban suponiendo sus plumas en un raudo movimiento que relampageaba en un grito de tantos picos que parecía un rugido en pedazos cada vez más agudos.

Un péndulo que partía la calle en dos era una bandada de gorriones, y todo lo demás era suelo, tierra, todo lo demás estaba inerte si no mirabas hacia el cielo. Y tras el balcón, estaba yo y mis quince años.

A dos mil kilómetros de un pensamiento racional, a dos palmos de enamorarme cada verano, y cada verano era una estación que no moría. Y el mar era siempre, a mis pies, arena. Con quince años y el pelo de nido de pájaros, que se sabían el camino a casa y no emigraban, que no había invierno cuando tenía quince años.

Y me salían granos y pétalos de prosa que arrancar contando los no me quieras,  cuando decir siempre costaba tan poco, sin saber que el tiempo era mentira. Que todo era eterno a mis quince años, que para mi todas las ventanas daban al mar, que todos los nombres eran suyos, que el mundo era pequeño y no hacía daño.

Hacerse el muerto sobre la cama era sencillo, era mentira, y dejaba de pensar derramando fantasía sobre el techo donde colgar la mirada, ya perdida. Que fácil era creerme, cuando no sabía que el pie izquierdo es un lado de la cama, y da igual por donde te levantes, que caerse es parte de subir escaleras. Y creía tanto que ahora me cuesta pensar que me creyera que era tan ingenuo de cordones desatados. Corre, corre y cáete pronto, descubre que la tierra se mastica tragando con la boca abierta, y no te calles, pero corre, corre y tropieza con todas las paredes hasta que te sangren las manos de querer espantar hasta los cuadros del pasillo que no termina. Corre, porque nunca quise huir, que es el único modo de saber donde vamos.

Y yo sólo me caía, sin ayuda de nadie, enamorado de la lona, o por esa idea pegada a plazos de algo parecido a un corazón en lado derecho una hoja de papel. Que no era amor, pero entonces qué sabía, si apenas podía distinguirme entre nubes con forma de quiero y piedras en el suelo de los bolsillos antes de saltar. Yo pensaba que era, y era, no necesitaba saber más. Y era una hoja de papel arrugada con tres frases mal escritas, de gramática pobre y escuálida, con tinta roja de saldo de bolígrafo prestado. Y decía palabras que ahora tardo en recordar y veía como el último esfuerzo en declararme enamorado. Qué más quisiera. Qué más quise saber, si yo le llamaba amor y eran farolas encendidas, molinos que nunca supe que eran al no querer acercarme demasiado.

Eran mis quince años de fama, y por cada minuto un mundo. Era un balcón donde se suicidaban las golondrinas que resucitaban antes de tocar el suelo. Era arena en los bolsillos y el mar a dos manzanas.

Yo tenía quince años, y el mar toda mi vida.

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