De todos los nombres le llamaron nadie.

Era un perro llamado nadie, porque nadie era su dueño, cuando en verdad no es la propiedad quien nos ata, sino el nombre. Y  este perro se llamaba nadie.

¿A quién ladras, nadie? Le preguntaban como si supiera responder, y nadie callaba, entre bramido y bramido, que era su modo de decir que todos los portales eran el mismo cuando no tienes donde entrar.  Era un perro de nadie, y de todos su nombre, que acompañaba a cualquiera de camino a casa, que nunca era la suya.

Cuando nadie más lo volvió a ver, pensaron que nadie se había ido a ningún lugar. ¿A quién ladrarás ahora, nadie?  A las puertas del cielo, que es donde nadie se ha atrevido a levantar su pierna y firmar.

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