Soledades es un plural mayestático.

Me he levantado con todas las ausencias desbordando la cama, inundando el suelo, rodando por las escaleras. Que para ser nadie ocupas mucho espacio que no se llena, y se pintan las paredes sin saber qué nombre dejar tatuado. Que ponerlos todos es tachar, sin saberlo, el tuyo. Y escribo, antes de saltar letras por la ventana, calle abajo y no hable, que bastante dicen  cuarenta metros cuadrados de nadie en absoluto. Y los muertos del armario me cantan a coro que la soledad es no saber decir ni la o con un canuto. Pero qué sabrán ellos, que son muertos de envidia, de la mía, para ser precisos y con certeza de saber que soy yo quien firma lo que escribo.

Esta es una soledad de llévese la silla que no está ocupada y una propina que se me cae por el bolsillo del pantalón, junto al pecho. Me laten todos los dedos tamborileando sobre la mesa y dibujan corazones con forma de pelo de mujer, cayendo por la alfombra hasta el techo de un solo movimiento. Y cubro con sábanas blancas lo muebles que se han rendido y no tiro por la ventana, como la cama, que cojea por sus cuatro patas hasta volcar el colchón contra mí, o conmigo, ya no me acuerdo. Por no acordarme ni recuerdo donde empezaba a decir que duermo solo y termino jurando que a mi lado sólo queda espacio para hundir y contar arrugas que empiezan a ser rúbrica en mi piel. Y los muertos del armario me cantan a coro que el tacto es devolverle a la piel lo que fue suyo antes de saber que podías tocar. Pero qué sabrán ellos, que son muertos de pena, de las que cuelgan cuando no lloro, para ser precisos con puntería de cañón en el índice y gatillo de pulgar.

Me hago mayor, que decía Neil Young, y no hay corazones de dientes de oro ni marcas de mordiscos sobre el hombro, como si esta impoluta lengua que escribe solo conociera el papel y el polvo de comer, con servilleta y soga al cuello. No es la soledad, es la ausencia de poder decir que quiero estar solo, cierra la puerta por dentro y no digas nada que no sea respirar a dos velas y no pedir deseos cuando se apaguen. Me llevo puesta esta mano sobre la mía y que sean dos los que sepan estar sin nada que decir, porque la soledad buscada no es la misma que la soledad que te encuentra. Me descubre rezando sin rodillas sobre la cama y no hay cruces en la cabecera ni a los pies de página, nota del traductor que avisa que todos entendemos que se pudren las sombras que se proyectan contra la pared como única compañía que no habla. Y los muertos del armario me cantan a coro que las noches se inventaron para volver a querer antes de saber que la luz acaba con todo. Qué sabrán ellos, si son muertos de miedo, de los míos, para ser precisos y con puntería de diez sobre nueve.

Yo sólo quería un borde de ventana donde colgar los pies, sobre tu falda, bajo la ciudad. Un cuello que llamar sin abrir la boca y un sorbo de oreja a oreja, una por mejilla y quédate el resto, que siempre fue tuyo. Como si pidiera demasiado a estas cuatro paredes con dos ventanas que saben que gritar no llega lejos cuando la noche calla. Pero que afónico se queda el papel de fumar, que de garganta ya no se sabe tu nombre, como si alguna vez supiera decirlo sin equivocarme cuando no sé de quién hablo. Hablo en singular y me dirijo a todas, cuando nadie escucha. Que en verdad no es un nombre, son todos, lo que es decir que sirve cualquiera y ninguno acierta. Y me cantan a coro los muertos del armario que echar de menos es querer marcharse sin haberse ido. Pero qué sabrán ellos, si son muertos de entierro y funeral, de los míos, para ser preciso, con afilada puntería de estocada y fuga.

Y cruzo la calle y no tropiezan conmigo, ni por accidente, ni por favor, ni una limosna me deben, ni un mal roce que pido. Que la ropa me pesa demasiado cuando no te la quito, y no tengo a quien desnudar más que a mí mismo, como si no me conociera hasta saber que este pulso, este pulso que desborda cuando escribo, este pulso es mío. Y yo quería que fuera rodando cada párrafo, papel abajo, hasta los pies de un pliegue de tacón a ras de suelo, a dos palmos de distancia y sin manos.  Sin remitente, no such number, no such soul, me cantan los muertos del armario. Y esta vez asiento, como si eso fuera suficiente para darles la razón.

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