Abriles que no llueven, muertes que no lloras.

He arrancado todos los meses de abril del calendario, no vaya a cogerme la pena de imprevisto sorbiendo rayas de puntos suspensivos contra la nariz. Que no me drogo, insisto, pero escribo directamente sobre la piel y se me clava en vena una voz que leer. Que la tristeza, como la inspiración, me descubra sonriendo.

Como una paradoja, y que las paredes me oigan, si oyesen, reír. Si riera.

Y ahora que no tengo mar es cuando ahogo la pena, en seco, con las manos desnudas sobre el papel que me devuelve la mirada o las manos. Dibujar, escribir, volverse sobre uno mismo y hablar sin nada que decir es un monólogo sin espectadores ni aplausos. Arrojad el telón, apagad la luz y apurad de un trago el último verso, que a esta ronda, entre línea y línea, invito yo. Llevo escribiendo toda mi vida y si sumara la de veces que me ha salvado necesitaría otra vida para contarlo.

He escrito sobre la muerte, porque seguimos vivos.

Y ya no duele saber, como antes de conocer que hay verbos que sólo se pronuncian en pasado perfecto. Me levanto y ando, aun recordando que antaño, cuando pensábamos  que todo era eterno, lo fue por un momento. Ese instante que dura una vida hasta que dejas de respirar y es a mí a quien le falta el aire. Y escribir, que siempre ha estado ahí, era la ventana fuera del agua por la que asomar la cabeza y enterrar el cuerpo entero que no volverá.

Ya no quedan penas como en los buenos tiempos, me digo a mi mismo brindando por el espejo, que sabe tan bien como yo que me he ganado cada una de las verdades que me hicieron llorar. Ya no hay ambulancias en la puerta ni funerales bajo la suela de unos zapatos de gamuza azul, sólo me queda un desnudo con ropa que se envuelve de papel, ni siquiera de fumar, de leer, que cala más hondo.

Ahora de dónde sacaré las musas que me digan que las tragedias ya no sirven, que los entierros ya pasaron de moda y el mar se llevo todo lo demás. Naufragios de pacotilla y tierra firme me quedan por contar, como si importara. Lo peor, en verdad, lo peor ya ha pasado. No diré nombres, que bastante tengo con llevar sus apellidos, pero cierro un verso que pensaba sangrando y era sólo espuma de mar.

Que no, que los abriles se los llevó todos Joaquín en una canción que fue bandera, y hoy es pañuelo, o ni eso, es un mp4 al final de un track list de artista desconocido.

Y brindo por ello, amigo Sancho, por ello y por los molinos que siempre fueron.

Salud.

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