Resplandores eternos de una piel inmaculada.

Yo quise discutir escaleras abajo, rodando palabra por palabra hasta dejar seco el pasamanos de tanto dejarnos de tocar. Yo quería saber que nada quedaba y conocer el olvido como una amenaza voluntaria que se vuelve y escribe una despedida en el espejo sobre el suelo, junto con el resto de pedazos. Quería ver volar contra la pared saliva y voces, tazas de café que ya no duermen, una pelea que termine con una puerta rota y solo sepa cerrar. Yo quería olvidar, tomando la bandera de cada bar de camino a casa, que era la tuya, o fue la mía. De nadie y un nunca más.

Yo quise saber que el silencio era una marca de relojes de pared, a la rutina que le hablan y no contesta. Ver como los besos se reparten como cartas, con el dorso marcado y sin apostar por lo que llevas debajo de la ropa. Saber cada respuesta o peor, no querer preguntar. Esa muerte anunciada y no apartarse frente a los faros, esperando con una silla en mitad de la carretera. Quería saber que la cama entiende que ya no se mueve, que la marea no vuelve, que habíamos barrido las migas de pan hasta la almohada. Quería la soledad en un portal de madrugada, sin beso de despedida ni buenas noches antes de te quites la ropa.

Yo quise verte despertar, sentado al borde de cada mañana, empujando las sábanas que rozaban con la mano abierta la silueta que escondían. Y  avergonzar así cada salida del sol, demostrando que hay amaneceres a puerta cerrada y cuerpo desnudo. Quería probar que las promesas no duran, que los poemas mienten en la última estrofa,  pero mientras tanto saben a carne sobre la piel y el resto deja de latir. Quería saber que el tiempo se fuga y detiene por cada botón de tu camisa. Y la sangre nada cuesta arriba cuando te mira, y la sangre nace de mis manos a tus rodillas. Y sube.

Yo quise ser un novato con las manos bajo la mesa, probando a acercarme sin que los pájaros de tu vestido echaran a bailar. Saberme torpe en cada gesto, cruzando el aire de mis pulmones por cada vez que me descubres mirando tu escote. Yo quería conocer palabras en la cuerda floja y sin red, con riesgo a no medir la distancia. Con miedo a caer. Quise ser un desconocido que te abría la camisa, y no saber que hay dentro más que con los dedos. Quería ser un nombre que recordar.

Yo quise ser un encuentro casual. Un accidente, un verso suelto, un disculpe con usted incluido, el que llevan los que sólo se conocen con la ropa puesta. Un azar tal vez no tan fortuito, que se lleva los dedos cargados al bolsillo. Una víctima donde clavar por cada ojo un invierno que llevabas puesto al levantar la vista. Yo quería ser esa cuerda que se tensa, que se rompe, que escribe tu nombre por miedo a no saber pronunciarlo.

Yo quise, una vez, ser como vosotros.

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