Paisaje de ida y vuelta.

Viajar es un acto valiente si no se huye, dicen los que arrastran la maleta con correa. Y no ladran, y no muerden los mapas que me invento, con un “usted debería estar aquí” pintado con las manos.

Los lugares son los mismos pero olvido su nombre, por eso acabo pensando que he llegado, o que me he ido. Ni siquiera sé si el mar está lejos cuando me rasco la arena de lo bolsillos, que la sal la llevo en la boca, donde nacen las heridas.

Y es que a mi la única distancia que me importa la miden metros bajo tierra, o espuma en la orilla. Un portazo violento sólo me dice que sigue habiendo una puerta, que la distancia existe al alcance de la mano. Un adiós, por contra, no se mide. Se hunde, se clava, se esparce o se esconde como la mano con la piedra, sólo que está vez era un pañuelo de estación.

Y tengo ciudades que no saben mi nombre, y recuerdo personas que dijeron “quédate”. Que ningun camino es imborrable, que ningun ahora es para siempre, y este aquí, que no sabe quedarse quieto, escribe lo que una vez me dijera mi padre:

“Y yéndose de la vista se nos van de la memoria”.

Por eso no puedo dejar de leeros.

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