Náufragos de tierra firme.

Que eternidad más corta era cuando sabíamos morir. Y ahora que ya sabemos no te encuentro para decirte que las heridas me hablan de ti, en singular mayestático, que a los reyes se les habla desde los reyes que fuimos.

Y morir no es tan importante como saber por quien hacerlo: una idea, una nombre, un verso, un adiós escrito en las colillas que caen al andén de las estación. Que la vida es corta ya lo sabemos, que la muerte es eterna se nos hace más difícil de aceptar. Un tren que se marcha nos recuerda algo de eso. Vuelve, que se dicen los amantes, o los que una vez se quisieron. Vive, que se entiende de lo que no han dicho. Ven, que era el último deseo, la última cena, el último que levante la mano y se ponga en fila.

Que la última vez que nos morimos siempre encontramos el modo de olvidarlo, o perdonarnos que seguíamos con vida. Supervivientes de la nada en flotadores de papel mojado, fuimos.

No es un naufragio, mi señor, si dos no quieren.

 

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