Todas las estaciones eran de metro

Y con el cambio de ciudad llegaron las estaciones. Todas de metro y una de clima, con las hojas a mis pies, sin escribir ni pisar, huyendo a mi paso con el frío por detrás, que viene desde el mar y susurra un no me olvides. No me olvides, como si fuera posible lo contrario, que tanta agua no cabe la ventana, ni cuando llueve, ni cuando llora, ni cuando me revuelvo entre sábanas para uno y esta silla está libre, se la puede llevar que no espero a nadie, y sin embargo… espero.

No es la ciudad, es saberme perdido sin horizonte donde mirar y decir, allí lo veo, allí está, la delgada línea que se curva y me trae, insistiendo, espuma en la boca que se deshace en las rocas sin haber pronunciado palabra, pero juego con ventaja, y te escucho antes de que hables. Me dices que me quede, que me sumerja y no vuelva, como todos los cantos de sirena. Pero he aquí que las sirenas ya no son de mar, mas que de ambulancia o policía, cuando dejo la ventana a abierta y me llega el eco que despierta mi consciencia de saber que estoy en otra ciudad, lejos del mar.

No era ven lo que decía, era volver. Y no supo decirme a donde.

Era otra ciudad, eran otras estaciones. Todas de metro, menos una que era el otoño y nunca final de trayecto. Y me quedo, con la maletas deshechas y el corazón sobre la cama, me quedo quieto y me observo caminar desenvolviendo el mapa como papel de regalo, haciendo llover trozos a mis espaldas, memorizando todos los lugares antes vividos. Los lugares se recuerdan por lo que has sentido, un cuadro que cambia de paredes pero sigue siendo el mismo.

Y me dijeron que el mar no sabe echar de menos, que no recuerda en la memoria de todos los peces que, sumados, hacen del olvido un infinito. De tan profundo, de tan bello, no necesita saber de quien se fue sin despedirse, ni con un hasta pronto, ni con una botella de arena que beber cuando la sed imponga nostalgia sobre la mesa. El mar, simplemente, no sabe que existo.

Y en esta ciudad tampoco saben mi nombre, pero ya es mi lugar. Todo suena a ya vivido, como si llevara aquí tanto tiempo que fuera equivocado el verbo volver. Me dijo que volviera, pero no supo decirme a donde.

Aquí me quedo, es mi respuesta, aquí me quedo, es mi verdad. Aquí ha cambiado de sitio y ahora se llama Madrid.

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