Un café con vistas.

Un café a la orilla de la ventana, con la lluvia al otro lado del mundo. Remuevo el mar en una taza en sentido de las horas del reloj, y me concentro, pese al bullicio de la cafetería, en la lectura improvisada de todos cuantos me acompañan sin saberlo en las mesas vecinas. Juego entre las voces que se mezclan y me ignoran, me reparto las miradas que van de la mesa al techo, o con suerte, a quien les hable en ese preciso momento. Me cuelo entre los gestos, escudriño batallas en los dedos malogrados que conocieron tactos mejores e imagino historias detrás de cada uno de ellos. Un pasatiempo infantil que me ayuda a esperar a que la lluvia abra un paréntesis mientras busco como apuntarme en la frente que me compre un paraguas ante mi cobardía de robar uno.

Todo apunta a que el juego termina, las mismas caras, los mismos clichés que inventarse uno tras otro, y la lluvia que me saca la lengua por la ventana. Un reflejo, al principio solo fuiste eso, un reflejo. Literal, crudo, sincero, un reflejo, que no es un espejismo. La misma ventana que me daba la lluvia te señalaba al borde de un mesa, con los codos apoyados dejando hundir la mejilla sobre la mano, deshaciendo el azúcar y el tiempo con la cucharilla del café, removiendo el poso en un fragmento eterno, donde al final, mirarte es lo de menos.

E imagino, que no es tu mano la que aparta el pelo, y recreo una historia para mí con todos tus gestos. Se me caen entre las arrugas de los dedos todas las hebras que dan forma a la oscura silueta que baila cuando cuelga por tu espalda, una melena que no puedo coger y se enreda, y se pierde y se escapa, no sé si es pelo o arena, o arena o espuma.  Te acercas la taza y sorbes, entonces creo morderte por dentro, no hay beso, solo envidia por querer llevarme tu labio entre los dientes. Detenme, sé que puedes hacerlo. Resbala una gota por la barbilla que es un dedo que dibuja o escribe, que señala una línea de puntos suspensivos que llevarse a la boca, uno a uno.

Te tapo la boca, muerdes desde la yema hasta dentro, o acaso te limpias con una servilleta. No en mi mundo, no en este relato que me invento donde cruzas las piernas y mi mano juega querer saber que esconde dentro. Deshojas un botón de la camisa, y sueño con verlo rodar por el suelo, me dejo la piel del hocico respirándote de cerca contra el pecho. Abro y cierro la boca, pez fuera del agua, y me llevo cuantas pecas encuentro, mientras me abrazo a tu espalda, sobre la camisa, encontrando y deshaciéndome las manos.

Apuras el café levantando la barbilla y trepo dejándome el labio arrastrado por la piel que reviste tu cuello, hasta encontrar el otro lado de tu mejilla y hundirme en palabras ininteligibles al oído, como si fueran palabras un leve mordisco. Te escucho respirar con acentos, exabruptos sensuales que me derraman la sangre sobre las piernas y quema.

Mi boca se agranda y no mido lo que arrastra, como si quisiera, mis dedos se tercian cerdas de pincel cada vez más largos, y ya no veo, solo oigo el trotar de un respirar entrecortado que me empuja la venas y me ahorca con ellas a tu lado. Te atravieso y no sé donde queda la piel que estoy tocando, si es pelo o me derramas todos tus dedos sobre la cara. Ya no siento la razón, solo me dejo caer sobre la ropa que quizás ya te he quitado.

La lluvia me devuelve a la mesa del café. Un parpadeo, un sonoro roce del camarero dejando la cuenta y para cuando te vuelvo a ver, ya tienes toda la ropa puesta y el pelo intacto, hermoso, único e intacto. Me levanto y me llevo conmigo la fantasía bajo el brazo, por ser educado en el lenguaje, y tras dejar propina me despido con un gesto invisible y amable, besando la mano o tal vez, quien sabe, algo más atrevido que deje en evidencia el rencor que me supone salir sin haberte quitado ni un botón de encima.

Salgo y llueve, pero la lluvia ya es lo de menos.

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Una respuesta a Un café con vistas.

  1. poesiaenhuelga dijo:

    Es bueno, muy bueno

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