El dormitorio en la cocina.

La ropa te desnuda por momentos, por fragmentos que generosos derraman piel antes de perderse de nuevo bajo la manga, el escota o la falda. La falda que cae en cascada y vierte dos piernas sobre el suelo rodeadas de medias, segunda piel que tiñe de ganas mis dedos. Te presentas para un cena informal sin salir de casa con esas prendas, un bastón y pierdo de vista el las paredes, como si en este piso cupiera el mundo y no le dejáramos pasar por la puerta. Supongo que a eso le llaman intimidad.

Te sientas fingiendo no saber que la cocina no es un arte en mis manos, y yo te miro de lejos, en la otra parte del globo que es este lado de la mesa. La comida está servida y parece no importarnos, más preocupado de que las pecas de tu espalda quiero verlas y contarlas. Me acerco a servirte vino, por la espalda, como un camarero discreto que vuelca su mirada hasta donde deje el escote, solo que esta vez se van los ojos y la boca. Te huelo el pelo a modo de presentación de un pulso que se libra, poco a poco, de sus ataduras. La copa se desborda, pero ya nadie sabe que es el vino cuando te muerdo el cuello con una mano que se deshace por tu pecho y derrama cinco dedos bajo el estampado de tu camisa.

Te susurro dientes en el oído, aliento de un gemido que habla por mi, que habla contigo. Y la copa, ya nadie se acuerda de la copa. Me dejo la mano contra tu cuello, reptando dedo a dedo por la barbilla, muerde y estrangula las falanges que te rozan la boca. Te empujo contra mi, con la silla a rastras, te sujetas al mantel y alguien oye como se rompe, a lo lejos, un cristal o porcelana. Te empujo, te sujetas y se rompen las paredes si que nos demos cuenta. Muerdes la yema de un dedo que me contagia la sangre excitada al resto del cuerpo, y yo busco a ciegas tu falda, aun sentada.

No aparto el pelo, que se lo lleve mi boca por delante cuando quiera y no pueda morderte el cuello, un beso con dientes tímidos, una caricia al borde de hacer daño, o precisamente por eso. No puedes levantarte, pero te empujas hasta el borde de la silla, arrastrando mi mano anclada a tus medias, donde se confunde la piel de la tela, donde pervierten los sentidos, si es que acaso quedaban inocentes.

Me hablas con ese gesto pero no te oigo y sigo jugando con tu falda, a recorrer sus costuras, a memorizar palmo a palmo tu cintura. Hundo mi mano sobre la ropa que luces entre las piernas hasta tocar hueso o intentarlo. Quiero que abras la boca y escupas un gemido que me sepa tan sucio que las manos se manchen de ceniza. No lo haces, te resistes, y vuelvo. Aprieto, insisto, te miro, y no hablas, aprieto, insisto, te miro y te escapas, giras la cabeza y cierras los dientes que no la boca. Una vez más y por fin lo consigo, solo que esta vez no suelto, quiero oírlo una vez más.

Te llevas las manos y te apartas la falda como si quisieras romperla, y deslizo mi mano como un sobre entre la piel y las bragas negras. Noto el vello cruzando la palma de mi mano y retrocedo, me gusta. Más abajo me vibra tu carne sobre los dedos, y es entonces cuando cierras las piernas y me haces explotar la mano que resbala entra paredes que ahora son tu cuerpo. Me introduzco bajo la piel, bajo la ropa, bajo un manto de barniz que me abriga los dedos, tan pegados a ti que rozan las pulsaciones de tu pecho. Siento las venas abrazando mis dedos, y los muevo, y te mueves. Te revuelves y serpenteas sobre la silla, haciendo que me roces con solo quedarme quieto.

Saco los dedos y dibujo con tiza un camino que te parte por la mitad hasta llegar tu boca. Me coges la mano con delicadeza y me lames los dedos, con paciencia te los llevas a la boca y pintas con labios y saliva desde los nudillos hasta las uñas. Te lo tomas con calma y paras el tiempo, tanto que ni me encuentro el pulso, que solo vuelve cuando mi mano deja de estar entre tus dedos.

Me coges de la mano y me colocas frente a ti, solo para que me pueda apoyar contra la mesa, que al ver como dejas atrás la silla al ponerte de rodillas me agarro al borde mantel que aun queda en pie y aprieto con fuerza. Siento el cinturón parte de mi, un cosquilleo que revienta de sangre cuando deshaces el nudo de la hebilla. Bajas la cremallera y me cuesta respirar.

Te intuyo a ojos cerrados, tus dedos sobre mi carne, que eso ya no es piel, eso es carne, carne que pide carne, que muerde y grita erecta abrigada venas que en mi cabeza explotan. Acaricias, me devuelve la locura que antes era tuya, empuñas y sueltas, muerdes y besas, y ya no recuerdo cuando tenía cerrada la boca o si me has oído gemir. Agitas mi respiración cada vez más fuerte, cada vez más rápido hasta que siento como me arde todo dentro de tu boca. Pero te detengo, no es aquí donde quiero terminar salpicándote.

Te abrazo hasta lengua y te doy la vuelta, hasta hacerte sentar en la mesa, no sin antes retirar el mantel y escuchar el eco en el suelo de lo que ya no importa. Te dejas caer y con mis manos a tu costado hacemos que la mesa tiemble, golpe a golpe, mientras me muevo por mero instinto. Te miro, esa belleza efímera que proporciona la sangre, y huyes, girando la cabeza con la esperanza de que el pelo te tape la cara. Te pido que me mires, aunque eso no es pedir, eso es hablar entrecortado por los músculos que entran y salen de cada uno de nosotros. Lo vuelvo a pedir, o lo que dios quiera que fuera aquello, con el cuerpo fuera de mi. Y me devuelves la mirada, en ese momento preciso en que caigo sobre ti, sin aliento.

Te recojo las manos y te empujo junto a mi al sentarme en la silla, y tu conmigo, encima. Bajo mi mano sin más preludio que un beso en la nuca, y entro con dos dedos sin pedir permiso. Los muevo acelerando el gesto, cada vez más cerca, un poco más, aun no, aun no es el momento, hasta que esa silla se rompa en pedazos de la tensión. Y llego, te toco tan adentro que llego, tan de cerca que ya te has ido. Te abrazo, esbozo una sonrisa que supongo inmortal y te susurró al oído: la próxima vez cocinas tú.

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