Juego de manos

Se me pierde la memoria contando las arrugas y pliegues de una sábana que cubre el mundo a dos palmos del suelo. Y dentro, ahogado asomando la cabeza está tu hombro, con la espalda haciendo las veces de orilla por donde cae el lienzo que no tiene donde agarrarse. Descubro con un solo dedo el resto de cuerpo, hasta la cintura, y vuelvo arrastrando la mano muerta, dejando que se imagine pintar cada yema de un color. Me entrego al vicio de acariciar tus huesos sobre la piel, hasta que la mano cobra conciencia y escribe por si misma con trazo de caligrafía ininteligible y eterna.

Cuento cada hueso con los ojos cerrados, los contorneo y grabo su silueta en mi cabeza, de tanto que rozo con los dedos, hasta sabérmelos de memoria. Y jugar a olvidar, a no saber que por aquí ya había pasado antes, disimular, pretender que no lo hago por placer, más que por olvido. Despliego las manos a modo de tocar un instrumento o de dibujar en la arena, espirales que se cruzan con garabatos, todo se pierde, se borra, se escapa y vuelvo a empezar.

Cuento desde uno, desde un dedo que cruza el desierto o la orilla al otro lado del mar, que nada, naufraga y socorre. Dos, dos yemas que se derraman, tres que se clavan sin hacer daño, cuatro que ruedan cuello abajo y cinco para desplegar partituras por toda tu espalda.

Y vuelvo a empezar, como si realmente jamás lo hubiera hecho.

No me canso, pero sediento, no me repito, pero hambriento. Y cruzo la línea que contornea tu costado, adentrando la mano por debajo de tu brazo, buscando piel que me queme los dedos. Abrazo mi mano a tus pechos y te acerco conmigo o contra mí, para llevarme la nuca a la boca. Muerdo, no solo con los dedos, muerdo, me llevo saliva sobre tu piel, bajo tu pelo. Muerdo lo que hueles, manzana, tabaco, perfume y se llena mi boca.

Mi mano libre, la que se muere de celos, se hunde bajo tu pelo y le roba su papel a la almohada, todo para que tengas algo que morder que no sean tus labios. Muérdeme, te sugiero a la boca del oído, pero antes de acabar ya habías empezado. Me recorre un temblor desde la punta de los dedos hasta las cuatro patas de la cama, haces temblar todas las baldosas y solo estás jugando a arrancarme el aire con los dientes. Muerdes y como por empatía, empujo mi mano contra tu pecho, que yo también quiero, yo también puedo devolverte cada bocado.

Resbalo todos los dedos por tu ombligo, apretando, rozando hasta hundirme y juntas las piernas con fuerza, como si te mirara desnuda en la punta de cada yema. No te veo. Peor. Te toco. Y te cierras, yo remuevo mi palma abierta sobre tu pierna, no busco ni espero, me regocijo. Y como ya hiciera con tu espalda, recorro dedo a dedo, palmo a palmo, de la rodilla a la cintura. Se te cae la boca abierta y dejas caer mi mano en tu mejilla, entiendo que las rodillas ya no se juntan y no sin malicia se me derriten los dedos desde tu ombligo hasta tu cintura, poco a poco, para que el juego de oírte pedirlo tenga sentido.

Entro sin llamar, pero si al oír mi nombre, noto tu calor, no el de tu piel, digo tu calor, el que guardas bajo la sangre que parece que me bombea directamente sobre los dedos. Los muevo, ejecuto según te miro con la boca abierta, al borde pedirme más pero sin consonantes. No hablas, te cuesta, pero lo intento. No te ordeno, no te sugiero, no digo tu nombre, pero lo intento, y ya sabes como lo intento. Encojo mis dedos despacio, dilo, casi me detengo, dilo, por poco me paro… dilo. Y lo dices. Me pides que siga, y jamás un verbo fue tan bien pronunciado. Sigo y no me detengo, ya tengo lo que quiero, pero quiero más. Más deprisa, más adentro, más contra almohada de mi brazo, te mueves al borde de no sé bien que, hasta que al final te hago perder el equilibrio, y caes sobre la cama.

Arrastro mi mano a tu cintura y te abrazo para sentirte respirar. Porque cuando recuperes el aliento, querré saberlo.

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Una respuesta a Juego de manos

  1. Ryf_ dijo:

    “Deja un comentario”. O mejor, deja aqui plasmada tu cara de asombro. Ya. 🙂

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