Con las sábanas pegadas.

Me gusta pensar que el universo se despeña al borde esta cama, que las sábanas nievan, dejando al descubierto un lienzo terso de piel que recorre tu espalda. Juego a esbozar con el dedo laberintos y siluetas, llevándome por delante todos los huesos que se esconden. Comienzo por tu nuca y me desvivo en cada curva, que vuelven sobre sus pasos alternando el número de dedos que te toca. Ahora el índice, luego el corazón, después todos. Tantas veces como se preciso hasta dejarte los pelos de punta a mano armada, hasta que el hambre de mi boca no encuentre consuelo en la raíz de tu pelo.

Porque no te beso, te muerdo sin usar los dientes, te mastico con las manos entre tus pechos que te arrancan la lengua fuera de la boca, exprimiendo el aire que ahogas en un suspiro, un gemido o un fragmento de vocales que acaban en hache nunca muda.

Te aprieto contra mi, un abrazo desbocado, hasta poder atravesarte. Muerdo, esta vez sí, arrastrando los dientes; me dejo llevar por una boca que ya no es mía, está vendida a tu piel. Te mueves y me arrastras, rozas y  arañas sin dejar rastro alguno, solo me devuelves calor hasta las cenizas. Y no te suelto, mantengo mi mano aferrada a tus pechos, que se me clavan en la palma y se me hunden en los dedos, como si la piel no fuera piel, más que arena que resbala entre las grietas que le quedan al puño que se deshace y se derrama por tu cuerpo. Deshago las sábanas que te cubren a medida que mi brazo alcanaza tu ombligo y no se detiene. Pones una pierna sobre la otra, como si te diera vergüenza que mirara, pese a estar a tu espalda. Pero no miro salvo con la punta de la yema de la historia que termina en mi cuerpo, y vuelve a empezar. Toco, como si fuera delito, como si el placer no tuviera ojos. Toco, y me rozo las arterias dentro de ti, te noto respirar por el corazón a cada pulso que cruzan mis dedos. Aprieto el gatillo, con un gesto suave, y me disparo. Te sacudes chocando contra mi o a mi favor, pero no ceso en mi empeño de volver a oirte, y vuelvo a meter los dedos hasta donde el alma me deje, sin quemarse.

Y quema, pero no duele, y cala, pero no moja, y me revuelvo cada vez más rápido, solo para saber hasta donde aguantará tu cuello, estirado hasta dejarte sin piel en la barbilla. No paro hasta que hables, solo con vocales, y para cuando lo haces descubro que quiero más. Ya no sé donde tengo la mano, solo que no la quiero recuperar hasta romperte las venas que abrazan y estrangulan los dedos, la mecha que incendia el resto de mi, pero eres tú quien explota.

Y te confundes con la sábana; sin aire, desordenada y de forma casual sobre la cama.

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