El invierno por la ventana.

Todo es exceso cuando hablo de tu ropa, imposible describirla sin empezar por lo innecesario que me parece verte con ese jersey de cuello vencido que cae como falda sobre unos pantalones gastados que anuncian que de esta casa no salimos. Lejos del frío, de la gente, de las baldosas de cemento, del árbol que tintinea contra el viento y nadie mira, lejos del mundo que no cabe por esa puerta.

Y tú, con ese jersey tan espeso que tocarlo hasta tocarte es hundir la mano sobre la hierba, como rozar de lejos, algo parecido a una insinuación que dice que te abrigo desde la espalda dejándome los dedos arrastrados por la lana. Te abrazo por la espalda, buscando entre la arena dibujar un pentagrama con la mano, una y otra vez.

Aparto el pelo dejando que me acaricies con las hebras que sueltas resbalan por mi mano, para empezar a desnudarte por la nuca. Te beso como si esperara una boca en tu cuello, y no hay más que piel que llevarme al hambre, como si eso fuera poco. No muerdo, no beso, tampoco hablo, solo pronuncio por todo tu cuello versos poseídos que nadie entiende. Como quien escribe sobre la espalda, garabatos que son arte para el tacto, y para nadie más.

Harto de quemar lana, bajo con la palma pegada a tu cintura hasta el borde del jersey, jugando a no encontrar, perderme en el camino de vuelta, apretandome contra ti al borde de tu cintura. Secuestro la piel que encuentro bajo el jersey y diez capas más de ropa. Dibujo océanos dejando arrastra mi mano, como cerdas de un pincel de brocha ardiendo, alzo la mano y la dejo caer, pero no cae, se arrastra o se derrite, hasta que vuelve a crecer. Por un momento, incluso, se rozan mis dos manos, una por fuera, sobre el gentio de ropa, y otra por debajo, sobre el lienzo.

Te siento respirar bajo la palma abierta, la que crece sobre tu piel y se lleva por delante la ropa que te abriga. Subo las manos, llevándome por encima lo que arrastren, pero no te desvisto, me detengo al llegar sobre tus pechos para rozarte más de cerca, al borde de un pezón que me araña los dedos. Juego que tu piel se me antoja frágil, a que no se tocarte de otra manera que no sea con una delicadeza que pierde la confianza. Y poco a poco, aprieto y encojo mis manos contra ti, como quien pierde miedo a romper la arcilla y moldea hasta quedarse sin huellas, o hasta que la sangre revienta y no late, explota y respira, muere, evapora, gime.

Alzas tus brazos y me dejas desnudarte de vergüenza para arriba, viendo como te cae el pelo, en tiempo infinito, uno a uno sobre tu espalda. Eterna, sin límites, orilla sin costa, piel que cunde hasta los huesos y enloquece la mirada, aun con los ojos cerrados y la boca abierta.

Te hablo tan de cerca que chocan mis labios contra tus hombros, cuando hablar es un chasquido, y dejo que mis manos vuelvan a caer, rodando por tus brazos hasta anclarse en tus pechos. Dibujo saliva por tu columna, mis dedos dibujan pornografía rodeando tus pezones. Me planto de rodillas tras de ti, dejando que por tu ombligo me sigan, en paralelo, mis manos. Me detengo, quiero sentirte respirar, notar como lates de pulmones para fuera en la punta de los dedos.

Te quito la idea de ser tú quien deshaga el nudo del pantalón al no apartar mis manos. Esta prenda ahora es mía, como una conquista no alcanzada, y juego con ella hasta matarla, botón a botón, entre mis dedos. Tengo prisa y fingo paciencia, solo para notar como te pierdes cuando queda tantos botones por delante y me detengo. Me reincorporo, salvo mis manos, que siguen donde estaban, solo que un poco más adentro. Fuerzo una brecha entre el pantalón y tus bragas que lamen la palma de mi mano como lengua de gato, solo que perdiendo siete vidas en cada caricia.  Subo y bajo la mano memorizando el tacto de tu ropa interior, empujándote contra mi en la inocencia pervertida de un juego de insinuaciones que cruza la línea una y otra vez.

Me asomo a tu oreja y esforzando un susurro te digo que me lo pidas. No quiero un gemido, no quiero un gesto, quiero tu voz, viva y temblorosa, que me lo pida. Dímelo. Dímelo y lo haré sin demora, pero dímelo. Una vez más. Otra, la última y prometo hacerte caso. Ahora, mi mano se desliza como intentando coger cartas sin abrir el buzón, dejándome la piel sobre la carne que mulle bajo mis dedos. Y entro. Y te noto. Y me quemo. Y entro otra vez. Y me quedo. Muevo los hilos, que tu llamas dedos, y te estiras sobre mi, con todo tu cuello al descubierto, con todo tu melena en mi boca. Manjar a dos paladares, uno sin lengua, el otro sin aire.

Te siento latir por dentro, en la punta de los dedos, y ya ni te esfuerzas en esconder los aullidos. De pronto, me detengo, por poco tiempo, el suficiente para dejar de fingir juegos y caer sobre ti mientras te giro. Me acaricias el pelo,  escribiendo una orden no dicha sobre mi cabeza, y te beso de lleno en labios que no hablan, pero dicen. Mi lengua se atraganta la piel que bordea tus piernas, te beso de forma atropellada, a boca abierta y sin atino, que el poco a poco ya no cabe entre mis manos. Siento la yema de mi boca sobre ti, y el resto dentro. Mi manos se aferran a tus nalgas y me hunden más adentro, como si pudiera.

Subo mi apuesta, y beso el borde que asoma, la cordura a un sorbo de distancia, tu deseo tan cerca de mi lengua que me lo tomo con impaciente calma. Lo rozo, como rompiendo el agua para formar hondas, y vuelvo a llamar, a rozarte el gemido que si no dices, pronuncias con tu mano sobre mi cabeza.

Mis dedos, son mis dedos quienes pierden las formas, y vuelven a entrar sin llamar primero, irrumpen y bailan como si fueran poseídos, sin música pero con latidos, ese compás que se me pega a la punta de los dedos, esa sangre que me clavas en el tacto y acaba por hundirse en mis venas. Ese sabor que me deja la boca cuando la lengua vuelve y se va. Cada vez más rápido, cada vez más dentro, o más fuera, o más lejos, o más y más… y más.

Tu mano muere sobre mi pelo, se derrumba por mi cara y me metes los dedos en la boca, para apartarme el gesto y mirarme, desde arriba, enfundada en un telón de pelo negro. Sonríes, y te devuelvo la sonrisa, sabiendo que por devolver, aun queda juego por delante.

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