Silencio, se escribe.

A veces me muerdo la lengua de los nudillos, hijos bastardos de un tintero preñado de un sentimiento al que no quiero dar nombre, y dejo la hoja en blanco, inerte testigo de lo que no me atrevo, no quiero o no puedo decir.

Las palabras conjuran en la hoguera oraciones que convocan lo que dicen, ya sean ángeles o demonios, trazan con pintura y cincel la realidad que nombran, y no siempre es bienvenida su verdad, como un intruso al que tu mismo has dejado pasar con alfombra roja sobre la ventana, cerrando tras de si el candado de siete llaves que se cuelan por tu garganta. Una vez liberado, no hay palabras que lo vuelvan a encerrar, y con suerte o sin ella, te acompaña, sombra que ilumina, o que engulle la luz, un fular de segunda piel de serpiente envenenada que se pega al paladar de tu mirada, y ya puedes callar cuanto quieras, que tu ojos seguirán escribiendo en las paredes lo que no querías leer.

Es un juego de reglas sencillas: si no lo quieres leer, no lo escribas. Si no lo quieres sentir, no lo menciones. Si no lo quieres sufrir…. no lo llames.

Por eso el pánico se apodera de mis manos que se esconden en el caparazón de un puño, que por no mentir, calla, por no mentir escribe con los dedos cruzados, esperando que no se den cuenta que lo que no diga, lo que no mencione, no existe.

Quien quiera la verdad, tendrá que venir a buscarla.

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