Un gigante entre molinos

Recuerdo una sonrisa bajo ese mostacho anclado en otro tiempo. Sonreía, haciendo inflar sus mofletes como globos de feria, con su calva prominente de canosas faldas, sonreía, y lo que es más difícil, nos hacía reír, como, cuando y donde fuera necesario. Me convertía en su mejor espectador, aplaudía cada mueca, cada chiste, cada resuello de carcajada que compartíamos, se puede decir sin miedo alguno, que con él aprendí a reír.

Ya podían los tiempos ensañarse con viento y marea contra su espalda, mapa de cicatrices que se leían en braile, en silencio y sin hablar, ya podían volver una y otra vez las olas a reclamar lo que era suyo, que mi padre, gigante entre molinos de viento, les devolvía una sonrisa. Por burla, por sincera, por respuesta, te daba una sonrisa, y te quedabas con el cambio, encantado, una vez más, de tenerlo a tu lado.

Forjaba conocimientos a punta de labia y cincel, y por sus clases magistrales, me atrevería a decir que no tenia alumnos, tenia adeptos. No daba clases, daba lecciones, que no es lo mismo, sutil diferencia que cruza el respeto a la admiración, peldaño que no esta al alcance de todos.

Era un titan. Con solo levantar la mano alcanzaba el olimpo de los dioses, y reducía a mitos y leyendas que a su lado apenas tenían ocasión de lucir frente a las historia que contaba su piel, que escondían su mirada, enmarcada en arrugas que galardonaban su edad. Contaba historias de la cárcel con barrotes de papel, del exilio del alma, de fusiles que no disparan, barcos de madera, paredes de hormigón, desaparecidos, encontrados, nunca vistos… todos cabían en una sílaba, si era él quien la pronunciaba.

Se fue por la puerta grande, como titan que era, dejando huellas de cráteres en la palma de mi mirada, y se fue como la leyenda que merecía ser contada, con dos monedas de oro en cada ojo, y un lingote de plata sobre el labio. Mecieron su parca con un llanto improvisado, llevándose consigo, a modo de cruel equipaje, una parte de nosotros, una parte de mi, un trozo de pecho donde el eco se hace mas grave, por donde salen las lagrimas que por el ojo no caben, de tan grandes, de tan sinceras, de tan puras, que la mirada las rechaza. Y no lloras por los ojos, lloras por los poros, lloras como un niño recién nacido, porque en el fondo, volví a nacer.

Si es que en aquel féretro no se llevaban tanto a mi padre, como a mi mismo.

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